El príncipe y la sumisa. Como cambio su vida. 1ª parte

Ella era la de en medio de tres hijos que tuvo el matrimonio.

No era la preferida como el mayor, ni la responsable como la pequeña, solo era la de en medio, que nadie veía, que tenía muchos defectos según ella, insegura, callada y se conformaba con lo que tenía o le ofrecían.

Nunca tenía una mala palabra con nadie, no se enfadaba, bueno con su hermana pequeña, algunas veces le reprochaba que se ponía su ropa, y ella lo notaba por el olor del perfume, era muy sensible para eso.

Con tan solo 13 años, se quedó sin padre, pues murió muy joven de Leucemia. La madre la vistió de negro a pesar de ser muy joven. Era muy inteligente y le gustaba estudiar, pero la madre en lugar de irse ella a trabajar a la calle, la quito de estudiar y la colocó en una tienda de ropa en un barrio.

Era muy modosita, y aceptó lo que su madre le dijo que hiciese. Empezó a trabajar cuando tenía 16 años. Como trabajaba mañana y tarde y estaba lejos de su casa, se quedaba a comer en casa de su abuela materna, que vivía en el mismo barrio.

Era muy guapa, con su pelo medio rubio y rizado. Pero como, en ese momento, estaba de moda el pelo largo y liso, se hacía lo que se llamaba un torniquete en la cabeza, para alisarlo. No era muy alta y estaba un poco gordita, y como pensaba que tenia mucho culo, no se ponía pantalones, que era lo que estaba de actualidad.

A los 18 años empezó a trabajar en el primer Centro Comercial grande que llegó a Sevilla.

Allí exigían que las mujeres se pintasen y arreglasen el pelo, y que cuidasen mucho la estética. A pesar de ser muy guapa, nunca se había pintado, así que su hermana pequeña le enseñó, para que las luces de la tienda no le afectaran y se viese radiante.

Allí empezó a salir con algunas amigas de vez en cuando. Conoció a un muchacho muy guapo y simpático, que estaba en la Academia de la Guardia Civil. Cuando terminó, le trasladaron al País Vasco, y la distancia enfrió la relación hasta que terminaron.

Un día, en una discoteca, conoció a un muchacho que según él solía decir, fue quien la eligió. Empezaron a salir juntos, y al poco tiempo se hicieron novios.

El siempre presumía de guapo, pero según quienes los conocían, decían que ella era mucho más guapa que él. Ella no tenía voz propia, hacia todo lo que el novio le decía, veían las películas que él elegía, aunque a ella no le gustase; viajaban a los sitios que a él le apetecía, y ella nunca ponía objeción a nada, estuviese conforme o no.

El nunca tuvo un buen trabajo. Llevaba los temas de una empresa de construcción, pero se pasaba el tiempo leyendo, estudiando cursos, y cuando le tocaba hacer alguna gestión en la calle, se pasaba a ver algún amigo para tomar café o una copa.

Era tan cómodo, que no quería conducir así que, a ella, estuviese cansada o no, le tocaba llevar siempre el coche.

Después de unos años de novios, se casaron. Iba preciosa, a pesar de que, con los nervios, le arrastraba el vestido, pues se le olvido ponerse lo que va debajo para levantarlo un poco.

Se casó un año antes que su hermana pequeña, y decidieron esperar para buscar niños, para de esa forma disfrutar un poco más de la libertar de viajar y hacer lo que les gustase.

A los cuatros años, de casado decidieron ir a por un bebé. Él como leía y estudiaba tanto, sabía mil cosas sobre todos los temas. Así que probaron de todo para quedarse embarazada, pero pasaban los meses, años y nada.

Él, desde los veinticinco años, tuvo varios cánceres de colon, el primero le paso en el campo de futbol del Betis, del que era socio. Le tuvieron que operar, cortándole parte del colon. Así, hasta cuatro o cinco veces, cuyas revisiones lo tenían controlado.

La mujer, durante todo ese tiempo hizo de madre, de enfermera, de amante, de criada y trabajando en el Centro Comercial. Pasaba días y noches, junto a él, en el hospital y luego se marchaba a trabajar. Menos mal que, al menos, no tenían niños, porque el niño de la casa era él.

Cada vez que se operaba, se pasaba, como mínimo seis meses de baja, hasta que lo obligaban a ir a trabajar.

Ella no se quedaba embarazada, y le dijeron que podía ser que él no tuviese bastante fuertes los espermas, por motivo de la quimio. Pero el nunca quiso hacerse la prueba. Así que siguieron insistiendo en métodos de fertilización.

En el último, ella cogió una infección tan grande, con fiebre y dolor en el vientre, que su hermana pequeña, viendo que la madre no iba a verla, ni la acompañaba al médico, y el marido pasaba, la llevó a urgencia, y allí vieron que tenia una mancha enorme en el vientre, y que tenían que operar de urgencia.

El día de la operación, la madre le dijo a la hermana pequeña -si le pasa algo a tu hermana, es culpa tuya, por haberla llevado al hospital-.

La operaron y, efectivamente, tenía una bolsa enorme de pus. De no haberla operado, podría haber corrido peligro su vida. Detectaron que tenía quistes en los ovarios, y que las trompas estaban obstruidas. Le quitaron todos los quistes y la obstrucción de las trompas, pero le dijeron que tenía muy pocas posibilidades de quedarse embarazada.

Estuvo ingresada unos diez o quince días. Una tía suya era la quien se quedaba con ella de noche. El marido, la madre y el hermano solo iban de visita, y aprovechaban para tomar algo en el bar.  Cuando alguien iba a verla y preguntaban por el marido, tanto ella como la suegra decían que no dormía bien en el sillón, y que se tenía que ir a comer a casa de su suegra para no tener que hacer comida porque, según ellas, el pobre no sabía.

Cuando le dieron el alta, la madre no fue nunca a verla, ni a ayudarla en nada, tenía que cuidar de su hijo mayor, así que desde el primer día se tuvo que hacer cargo de la comida y de la casa, según podía hacer. La hermana pequeña trabajaba, tenía un niño pequeño y no podía ir a echarle una mano y, además, tenía mucha rabia al ver como ella permitía que el marido no hiciese nada en la casa, y menos estando de baja.

Al poco tiempo, unos cuatro meses más o menos, pidió el alta y se fue a trabajar. A partir de la operación, el marido, sin hacerse la prueba de fertilidad, fue diciendo a todo el mundo que no podían tener niños, por culpa de su mujer.

Él, que tanto leía y estudiaba, no quiso nunca adoptar a un niño, a pesar de que, a ella, le gustaban mucho. Un día que se lo sugirió la cuñada, le contestó – si no hemos tenido niños, es porque Dios no ha querido- una persona que siempre ha presumido de no creer en Dios.

Ella quería pedir la jornada reducida cuando tuviese un niño, así que cuando supo que no sería posible, aprovechó que, en El Corte Ingles, estaban haciendo contratos de media jornada para solicitarlo.

De esta forma, como incluso a media jornada ganaba más que el marido, podía trabajar de tarde, que es el horario que eligió, para poder hacerse cargo por la mañana de la casa, ya que él marido nunca hizo nada, ni siquiera poner la mesa.

A pesar de lo ocurrido en su estancia en el hospital, cada vez que, a él, lo operaban del Colón, ella siguió cuidándolo de noche y día en el hospital, y luego en su casa, mientras estaba de baja.

A su hermana pequeña, no le gustaba el marido y, mucho menos, ver como trataba a su hermana, y que ella fuera tan sumisa, ya que lo hacía todo sin rechistar. Algunos familiares compartían la misma opinión, y siempre decían “con lo guapa que es, no se merece a ese hombre”.

Al cabo del tiempo, le diagnosticaron que padecía de Fibromialgia, quizás desencadenada por su operación, o por la vida que llevaba junto a su marido y su enfermedad.

Como seguía trabajando, llevando su casa y cuidando del hombre de la casa, cada vez estaba peor, y el médico le tuvo que mandar tranquilizantes para poder llevar el día y la noche adelante.

Cada vez aguantaba menos y hablaba que estaba harta del marido, de lo egoísta que era, de que se levantaba a por un yogur, y ni le preguntaba si quería uno. Que cuando llegaba a las once de la noche de trabajar, la estaba esperando y con mal humor le decía que le pusiese la cena.

Muchos sábados, quedaba con amigos, para salir de copas, y si ella pegaba una cabezada la bronqueaba, en lugar de entender que él el sábado no trabajaba, y ella estaba cansada y le dolían las piernas por haber estado de pie.

Poco a poco, ella fue abriendo los ojos y lamentando los años que había vivido junto a un hombre tan egoísta, que nunca la había valorado, ni tratado como compañera.

La empresa donde trabajaba el marido no iba bien, y se sabía que tarde o temprano cerraría o prescindiría de él. Así fue como un hijo del dueño se hizo cargo del trabajo que él hacía, informatizándolo. De esta manera se quedó en el paro.

Le salió un trabajo en una empresa de telefonía móvil, pero tenía que currárselo mucho para ganar algo, así que lo dejó.

Después tuvo suerte y lo llamaron para vigilante de los aparcamientos Ayuntamiento de Sevilla. Él, que nunca escuchó a su mujer cuando decía que le dolían las piernas de tantos años trabajando de pie como vendedora en El Corte Ingles, ahora él como tenía que estar de pie muchas horas, venia quejándose todos los días, que estaba muy cansado y le dolía los pies, y eso que solo se dedicaba a eso, pues en la casa no hacía nada.

Le cogió fobia al trabajo y se puso malo. El médico le dio la baja y estuvo unos meses así. Tratado por un especialista, iba a la consulta, charlaba con el médico y poco más. En casa estaba estupendamente, sin hacer nada, solo lo que a él le gustaba, leer, música, cine, etc.

Pasado un tiempo prudencial, el médico le dio el alta, ya que él no la pedía, y no tuvo más remedio que volver al trabajo. Le dijo que las fobias, tal como llegan se van, que todo depende del paciente, que tiene que enfrentarse con ella.

El destino le tenía preparado un final, que hizo cambiar su vida por completo.

A los cincuenta años, el marido tuvo que ser ingresado otra vez de urgencia. Esta vez era otro cáncer, pero no en el colon. En la última operación le dijeron que no tenían más para cortar, que esperaban no le saliera ninguno más en esa zona.

Lo tuvieron que operar de urgencia esa misma noche, y no dio tiempo a avisar a su médico de oncología que le estaba tratando.

El equipo de guardia se encargó de la operación, pero tal como abrieron lo volvieron a cerrar, era imposible operar al estar en el páncreas, y ese órgano si se le toca, se desangra.

Estaba muy débil y estuvo un mes ingresado, con tratamientos y trasfusiones de sangre, hasta que se recuperó para darle el alta.

Durante ese mes, como las otras veces, ella se pasaba todo el día junto a él en el hospital, a la vez que  trabajaba. El hermano de ella iba de vez en cuando a visitarlo y le gustaba ir a comer para acompañarla, pero quería salir del hospital y buscar un buen bar, y ella, quería hacerlo rápido para estar tranquila en la habitación con su marido, así que tuvo una discusión con él, y ya no volvió nunca más por el hospital, ni por su casa cuando le dieron el alta.

Se pasó seis meses consumiéndose poco a poco de dolor. La quimioterapia lo fue debilitando cada vez más, y se le complicó con una metástasis, y eso ya no tenía solución.

Por supuesto su hermano, desde el enfado en el hospital, la abandonó y nunca fue a verla a su casa, ni tampoco su madre. Después, como tantas otras veces, cuando murió, dijo que se arrepentía de no haber ido más veces a verla.

La hermana pequeña iba todos los fines de semana, y charlaba con ella. Estaba cada vez más cansada y deprimida, no sabía qué hacer y, ante tanta impotencia, un día avisó a su tío más allegado y fueron a ver a su médico de oncología, para contarle lo que había pasado y el tratamiento que le habían puesto. Este, lo único que les dijo fue – yo nunca le hubiera puesto quimioterapia estando en esa situación. Le habría dado calidad de vida-.

Al día siguiente, estaba tan mal, que lo ingresaron de urgencia en el hospital, y allí estuvo ella con su familia y él en una camilla en la sala de espera consumido por completo.  Ella se quejó varias veces para que, por lo menos, lo pusieran en una habitación y le dieran algo para que no sufriera. Al poco tiempo así lo hicieron, pero no tardaron en salir para decir que había fallecido.

Ella, en aquel momento sintió un poco de paz, por él y por ella. Después de seis meses de sufrimiento, se lo tomó con mucha calma, todo había terminado.

Avisó a su cuñada que vive fuera de España y ésta, cuando llegó, se puso muy alterada en el tanatorio, dando un buen espectáculo, tirada en el sillón gritando y llorando. Cada uno expresa sus emociones de muchas maneras, pero ver a la viuda, como hipnotizada, sin poder ni siquiera llorar, llevando el dolor y el sufrimiento por dentro, causó sorpresa entre los que estaban en el velatorio.

Ella, sumisa a lo que el destino la había puesto por delante, lo aceptó y pensó “bueno, ya tanto sufrimiento ha terminado”, y empezó a recordar todo lo egoísta que él había sido con ella, lo mal que la había tratado, de cómo la había manejado a su antojo, y ella al final ya estaba demasiado cansada. Todo esto se lo contaba a su hermana pequeña, intentando sacar todo lo que tenía guardado dentro y ahora decía que tenía una segunda oportunidad de vivir la vida, ya que era muy joven y tenía su trabajo, amigos, familia, cuñada y sobrinos. Que siempre habían estado muy unidos.

La hermana pequeña le recomendó que, como sabía que le daban miedo las noches por estar sola, como le pasaba a ella, que alquilase una habitación a una estudiante, y así tendría compañía. Alguien con quien compartir y charlar de vez en cuando, o quizás no fuera tarde para adoptar un hijo, ya mayorcito, que le diese motivo para levantarse cada día, además de ella.

Ninguna de las dos sugerencias le pareció buena. Decía que no necesitaba a nadie, que ahora que estaba sola, independiente, podría hacer lo que quisiera y cuando quisiera. Los primeros días después del entierro, la hermana se quedo con ella en su casa, y la ayudó a arreglar algunos papeles. Se le terminaron los días de permiso por fallecimiento de un familiar, y tuvo que volver a trabajar. Le ofreció irse un tiempo a vivir con ella, pero le dijo que no, que en su casa estaba muy bien y que tenia que intentar vivir sola. También le dijo de vender el piso e irse a otro más cerca de ella, para poder estar más tiempo juntas, pasear, etc. Pero ella se negaba a todo.

Su hermana, cuando llegaba a casa, lloraba de impotencia al verla tan sola y no poder hacer nada. Cuando el marido murió, al igual que ella, se alegró de que tuvo hubiese terminado; que, por fin, podría ser feliz, ya que el destino le daba otra oportunidad. Pero eso no sería tan fácil.

La cuñada, como siempre habían hecho, la llamaba y hablaban, ya que con el hermano en vida también lo hacía, porque el solo hablaba cuando tenía ganas. Tanto la cuñada como el sobrino mayor, solían venir en vacaciones, fiestas o acontecimientos familiares, y siempre se quedaban en su casa.

Ella, sumisa y callada, como siempre fue, se tragó durante un año y medio, el llegar de trabajar y encontrarse sola en su casa, llorando día tras día. Había sido demasiado dependiente de su marido, y no hay cosa peor que eso. Al final no consiguió hacer su vida sola, no soportó la soledad y, lo peor, no se lo comento a nadie y  la cabeza le pasó factura.

Continúa…..

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